Mundo Matilda

Hoy la avalancha de ideas (dogmas contemporáneos) contradictorias, basadas en los decretos tecnológico-científicos es insoportable. Para cada estudio o descubrimiento de un investigador PHD en física cuántica, arqueología, teología, cosmología, neurociencia, y de más, hay otro, con la misma cantidad de diplomas, solo que con una interpretación de los hechos radicalmente opuesta a la anterior. Tan solo un par de los tantos ejemplos sería en el plano de la física; Albert Einstein y Niels Bohr con su interpretación irreconciliable de la naturaleza de la realidad, o en el plano de la teología; Bart D Ehrman y Richard Carrier, quienes aceptan y rechazan la existencia histórica de Cristo respectivamente.

Así las cosas, dónde queda nuestro concepto de la realidad? Éste generalmente es decretado a conveniencia por quienes ostentan suficiente poder económico-mediático, sumado a una dosis de nuestra ínfima historia personal, con sus respectivos deseos y temores como subproducto. El resultado; el caos psicológico, ambiental, y geopolítico al cual parecemos dirigirnos sin importar ideología o credo. Se hace evidente que es hora de “restarle peso a la mochila”, y caminar más ligeros, sin que esto signifique necesariamente un retroceso a la edad de piedra. Es vital que nos demos cuenta de que los impresionantes avances en tecnología y ciencias modernos, no son más que sistemas de descripción y optimización de procesos observables-medibles, por cierto, ya tan refinados que están lidiando con dimensiones de la realidad que parecen ir en contra de nuestro propio sentido común, pero que a la final estarán limitados siempre a eso; a la descripción de un proceso. No a definir lo que es. Por tanto, incapaces de definir la naturaleza real de aspectos como el ser, la vida y la consciencia.

Podría decirse que esto le corresponde a ramas como la filosofía, la neurociencia, la psicología, etcétera, y tal vez estos senderos más sutiles de las ciencias nos acerquen un paso, pues desde la descripción simbólica oral o escrita podemos ilustrar procesos que coinciden con nuestro propio devenir interno en la dimensión de lo no material, pero traído a lo medible y cuantificable simbólicamente, seguirán siendo solo información enmarcada en un tiempo limitado, a su vez
transcribible, e incluso procesable y replicable por una IA. Pero respecto a lo esencial; a nivel empírico seguiremos estando a años luz de encontrar respuestas definitivas a lo atemporal-inefable. Estos “mapas” jamás serán el territorio, porque siempre estaremos limitados a describir desde lo descrito, es decir; jamás podremos salir a examinar desde un punto de vista privilegiado o superior, lo que se describa. Pues como seres biológicos; siempre seremos simples holas describiendo precariamente el océano.

Entonces cuál es la esencia mínima a la cual podemos llegar inequívocamente desde cualquier sistema de creencias sin encontrar un muro de ruido e interpretaciones intelectuales? ¿Qué es aquello que bajo evidencia obvia no se puede negar, y desde lo cual podremos tejer un hilo de acciones (y sobre todo de no acciones) contundente, cuya base sea certera por el minimalismo de su estructura? Parece sencillo, pero quitar las capas para llegar al centro implica una intensa mirada interna y un vaciamiento de conceptos que rivaliza con lo que custodiamos con ahínco por creer en la ilusión de que en esencia se trata de nosotros mismos.

Para esto, usaré otro ejemplo de tensiones entre conceptos opuestos en el plano científico con enormes implicaciones a nivel conceptual muy fáciles de deducir; “el universo determinista de Newton”, con “el indeterminismo cuántico de Heisenberg”. El primero apunta a un universo mecanicista, complejo pero descifrable desde la unión de sus partes, y el segundo a la indeterminación total de su devenir. Estos dos caminos plantean profundísimos interrogantes desde todo ámbito; ¿Existe o no el libre albedrio? Por tanto, ¿Existe el destino? ¿Y una vez escogemos (generalmente sin fundamento) la respuesta a esto; ¿qué implicaciones sociales tendría aceptar una de estas dos posturas, con respecto por ejemplo a; la aplicación o no de castigo al individuo por determinada acción? A partir de aquí podríamos seguir con un interminable etcétera tan solo con un aspecto y sus derivaciones….

Regresando entonces a pregunta inicial; ¿cuál sería el mínimo común denominador del todo existencial? Por auto observación nos acercaríamos bastante diciendo que es “el ser”. Pero incluso esto puede tener interpretaciones y derivaciones implícitas, podría por ejemplo asumirse que ese “ser” es individuo separado, o también que es unión de consciencia con el todo; división conceptual explicita y no menospreciable expuesta directamente por dos ramas de un mismo y complejo sistema religioso, como el hinduismo. Tanto así, que éste tuvo que separar esas dos corrientes de pensamiento entre Advaita y Dvaita. Por lo tanto, ni el propio concepto primario de “ser” deja de estar sujeto a vericuetos mentales.

Se revela así que en la experiencia directa, la evidencia mínima innegable, verificable en primera persona y no sujeta a interpretación mental alguna sobre ese algo es: “Hay Experiencia”. Interpretar que soy el entretenimiento de una deidad que deliberadamente me puso aquí, o un simulacro digital habitando una matrix diseñada por alienígenas o por la humanidad del futuro, o un accidente producto del azar molecular, y un largo etcétera más, son solo ideas que aceptamos por nuestro condicionamiento, producto de un pasado inexistente para nuestro presente. Gústenos o no, es así. Tan solo son ideas. Por cierto, aun ausentes en un recién nacido, ideas que también pueden ser borradas en un parpadeo por un accidente cerebrovascular en un adulto.

Entonces con este “Hay Experiencia” como punto de partida primigenio, y libre de subproductos imaginarios, se desprenden dos primicias más, directas y evidenciables a partir de ahí. La triada indivisible sería:

  1. Hay Experiencia.
  2. Esta experiencia solo se lleva a cabo en relación/interacción.
  3. Desde la experiencia no hay acceso directo a la no experiencia.

Lo cual nos sitúa frente a ese axioma fenomenológico mínimo común a la todas las tradiciones espirituales, científicas y filosóficas, manifiestas por ejemplo en el hinduismo como; “saccidananda” y su relación directa con la experiencia, o la “regla de oro” en el cristianismo; con su alusión a la experiencia en relación, y por último; “la inmortalidad”, común en todas las tradiciones espirituales, y reducida injustamente por muchos a una simple idea por miedo a la muerte. Pero que con estudio más detallado evidencia que proviene realmente de la observación directa del hecho de que; desde la experiencia no hay acceso directo a la ausencia de experiencia.

Estas tres primicias evidentes para cualquier ser autoconsciente, verificables directamente en primera persona, y que no requieren de estudios o teorías ajenas para ser evidenciadas, son temas comunes en extensos y complejos tratados filosóficos y religiosos, ahora corroborables (dependiendo del interprete) desde la ciencia contemporánea. Pero terminamos perdiéndonos en el bosque de las interminables ideas que se filtran en nuestra psique, confundiéndonos hasta llegar a ejecutar lo contradictorio e inconcebible para un ser autoconsciente, como las guerras “santas”, o el transhumanismo. Quizás la respuesta está en el retorno a lo directo, simple, evidente, y sin distorsión (Percepción Directa), pues como lo expuso acertadamente Jiddu Krishnamurti; “Podrás recorrer el mundo, pero tendrás que volver a ti mismo”.